Fernando Fonseca
El lenguaje rico e imaginativo en que se apoya La agonía del pez tarado, los saltos no exentos de gracia entre realidad y ensoñación (testimonio y artificio), el desfile de personajes tan originales como entrañablemente próximos, el peculiar transcurso temporal o las vivencias narradas a partir de perspectivas acomodadas al interés poético, e incluso terapéutico, caracterizan esta novela en la que su protagonista, a punto de morir, recorre en tan sólo un cuarto de hora, y en función de unas en extremo mermadas posibilidades, sus vivencias, esperanzas, compañías, paisajes, sentimientos y, en suma, su fracaso.
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El autor
FERNANDO FONSECA. Escritor ovetense ganador del Premio de la Crítica de Asturias 2006, en la modalidad de ensayo, por el libro Pabellón de eternos, es autor también del estudio titulado La voz geométrica, 1992, así como de varias novelas (El mirlo y la boa, 1995; Palabras de cocaína, 1999; Los días de la pereza, 2003) y una obra de teatro singular: Amanece en Praga, 2008.
Ha participado en distintos libros colectivos de cuentos y homenajes: Palabras para Larva, Cuéntame un cuento, Cien años después, El cuento de nunca acabar, Inmigración y diversidad, Abecedario, El artista estuvo allí y Palabras con Ángel.
Por último, cabe señalar su labor de articulista y crítico para destacadas revistas y periódicos tanto nacionales como locales. Incluso el guion para televisión que lleva por título Clarín de ligera pluma.
Enlace a la página web del autor
ISBN: 978-84-938361-4-6
PVP: 18 euros
Medidas: 21 x 14
Páginas: 276
Encuadernación: Rústica, cosida
Fecha de publicación: mayo 2011
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Autor entre otras obras de Pabellón de eternos o de la denominada “Trilogía del fracaso” (Palabras de cocaína, Los días de la pereza y La agonía del pez tarado),
Fernando Fonseca (Oviedo, 1956) es un autor singular. Cuando se habla con él uno respira confianza y cuando se le escucha se pueden apreciar afirmaciones contundentes que abren racimos de duda intelectual. Un gozo. En su rostro de fumador tiene marcadas las heridas de quien ha leído con provecho. Su mirada, contra lo que pueda pensarse, es oblicua por higiene mental. Nos vemos en el Paseo de Alemania, en el ovetense Campo de San Francisco, a esa hora a la que todavía los padres y los hijos no se han desbocado y piensan que todo lo que pisan y respiran es de su propiedad. Le hemos colgado la grabadora. No se nota. Es mínima, especial para poner bajo el cuello de la camisa. Así podemos caminar mientras charlamos.
¿Hace un pitillo?
Por supuesto.
Del fracaso de un joven al fracaso de la madurez para acabar en un cuarto de hora terminal.
Así es. Se trata del fracaso existencial que cabe en tres novelas. Es el recorrido de mi trilogía del fracaso, desde Palabras de cocaína hasta La agonía de pez tarado, pasando por Los días de la pereza.
Así que hay que joderse en vida…
No nos queda otra. Hay que joderse en vida es una muletilla del protagonista de La agonía…
¿Le apetece contestar a estas preguntas? Lo digo porque ya sabe “que la pereza todo lo puede y la repetición, sin causa, apesta”
Me apetece y mucho. La pereza se disipa cuando nos llega algo nuevo, cuando no se da la flagrante repetición. Por ejemplo, estoy seguro de que usted no va a preguntarme de qué va mi novela, porque me consta que la ha leído y la ha analizado inteligentemente, por lo cual le estoy muy agradecido. El lector inteligente reanima al texto, le otorga la última y más hermosa palabra.
“La memoria me mantiene vivo como un pez tarado fuera del agua”. Comente, por favor.
He comprobado, una vez alcanzada cierta edad, que en gran medida dependo de la memoria. La memoria es el centro de gravedad intelectual, en tanto no nos venza el olvido. Es el último asidero que le queda a Virgilio, y da la sensación de que ese hombre vivirá en tanto le quede una pizca de memoria.
¿Ha leído usted Submundo de Don DeLillo? Lo digo por la basura y los deshechos…
Sí, es una gran novela dentro de un siglo de enormes novelas. No obstante, la “gran novela norteamericana” —que algunos han querido descubrir en Submundo— está aún por escribir. Me satisface que mi novela le lleve a pensar en esa otra novela de Don DeLillo; si bien, la sociedad norteamericana, sus vicios, sus memorias, sus pobrezas, sus paisajes de trampantojo y lo que hay detrás, incluso sus basuras o sus lujos, todavía es bastante diferente al producto español. Le confieso que Submundo no ha influido en la escritura de La agonía… A propósito de Don DeLillo, he leído no hace mucho un librito suyo titulado Contrapunto que sí me ha dado algunas pistas para un trabajo que tengo entre manos, algo parecido a una novela, aunque de momento yo prefiero definirlo como un ONNI (objeto narrativo no identificado) En ese librito, DeLillo expone de un modo exquisito la soledad del artista, el autismo de algunos creadores dando vueltas sobre sí mismos, en una ejercicio propio de derviches. Para ello elije a Gleen Gould, Thelonius Monk y Thomas Bernhard… En esas páginas se plantean interrogantes que bajo ningún concepto nos pasan desapercibidas, como ésta: “¿qué ocurre cuando la introspección desarrolla una densidad que borra el mundo?” Creo que Virgilio, en La agonía…, intenta darnos alguna respuesta.
¿Usted piensa que con la edad nos volvemos menos educados o más sinceros?
¿Cree usted que esta novela es, entre otras muchas cosas, una investigación a través del recuerdo?
¿Podemos pensar, a tenor del último párrafo de la página 155, que el protagonista, Virgilio, es racista y xenófobo?
Déjeme ver ese párrafo… Ah, ¿se refiere usted a la expresión moro?... No, eso no es racismo bajo ningún concepto.
¿Y qué tal el cometa Joyce?
Luminoso, como una epifanía gris.
¿Qué es un escomendrijo?
Es una criatura ruin. ¿Por qué me lo pregunta?...
Me gusta cómo suena. ¿Y qué significa gallofero?
Es un holgazán, un vagabundo pedigüeño… Pero no irá a pedirme que justifique, fuera de contexto, el empleo de ciertas palabras o palabros.
y, sin embargo, apenas le prestamos atención,
salvo en determinadas veleidades históricas”
No, no. No se preocupe. Sólo es curiosidad. "...y al final una cocina amarilla llamada España". Le felicito por la comparación. En todo caso, España no sale muy bien parada en su novela...
Seguramente no. Bernhard dijo que “Austria necesita un imprecador”. Pues bien, considero que España también lo necesita. España da muchísimo juego literario y, sin embargo, apenas le prestamos atención, salvo en determinadas veleidades históricas. Los austríacos lo llaman cagar en el nido, y a poco que se fije lo comprenderá. Ahí tenemos a Handke, Jalinek, Schnitzler, Roth, Wincler…, además de Bernhard. Sin embargo, la España actual, y la actitud de sus escritores, me invita a recuperar aquella frase de Mallarmé: “No hay herencia literaria ahí”.
¿Es capaz de diferenciar entre narrador y novelista o le parece un asunto menor?
Tire líneas o trazos gruesos, pero comente la siguiente jugada, por favor: poesía, primera persona, monólogo interior, superposición, siglo XXI, estilo con argumento o argumento con estilo…
¿Cuál es el teatro interior de Fernando Fonseca?
“Un estilo superior salva a un mal argumento.
¿No tendrá un pensamiento-teoría por ahí a mano que pueda prestar a los escritores recién llegados, eh?
¿Otro pitillo?
El jardín del niño perdido
Prueba irrefutable de que la novela inteligente y difícil de leer existe (exigente con el lector y bla, bla, bla, dicen por ahí) y que tiene su cabida en el negocio editorial —otro cosa es el tamaño, la disposición y la cuenta de resultados de cada empresa—es La agonía del pez tarado (Zahorí ediciones, 2011), de Fernando Fonseca. Una novela que no debe leer jamás nadie que sólo disfrute con los acordes cotidianos de los libros prefabricados, listos, ya, para el verano o la Navidad, ni tampoco aquellos lectores cuya sensibilidad se sienta herida por un quítame allá esas pajas o cuyas cervicales mentales rujan por unas cuantas consultas en el diccionario. Vaya por delante o por detrás que nada tengo en contra de tales entendimientos. Yo leo casi todo tipo de novela, aunque puestos a elegir prefiero la buena y dentro de ella, la mejor. Pero esto es harina de otro costal. A ver quién es el guapo que se pone a definir y luego a listar.
En cualquier caso, afirmo que Fonseca se da un garbeo mayúsculo por el campo elíseo de la literatura; plantea quince minutos de infarto, despliega un léxico precioso, sólo al alcance de escritores templados en la fragua de la paciencia y la virtud de la memoria literaria, una sintaxis fecunda o irreverente, según, pero eficaz, de vertiginoso fraseo, en largo pero embridado, exagerado cuando le apetece y mínimo cuando precisa. Sus personajes, Virgilio Vena, Orlandina, Elisenda, Libertario y tantos otros parece que hubiesen sido detallados con el talento de los maestros de Fabergé.
Punto y aparte se merecen el crepuscular punto de vista del narrador, así como su actitud, envuelta en una atmósfera fronteriza, la de la vida y la de la muerte. Súmese al reconocible estilo Fonseca, en ocasiones sólido en exceso, el equilibrio que aportan las relaciones entre la trama principal y sus partes, las peripecias, los argumentos vitales, los asuntos literarios, los desarrollos menores de conceptos como el de España, la Guerra Civil, los norteamericanos… Estos sólo son pequeños ejemplos de una novela que grita con soltura a favor de una literatura compleja y sin complejos, densa como el aceite y clara como el agua.
La finura de este libro —insisto y advierto, sólo apto para quienes dispongan de tiempo para perder y un bagaje vital y literario amplios— expele una notable apuesta intelectual. Entre las muchas dudas que anida y los debates que plantea, el lector advertirá que esta novela habla principalmente de viejos chochos, arrumbados y a punto de palmar. Y como contrafuertes, los recuerdos, la memoria, el olvido y todo ese jardín en el que Fonseca se introduce como un niño perdido.
Ojalá que los lectores casi clandestinos de esta novela encuentren su hilo de Ariadna en ese zapato iluminado que tanto puede ser el cometa Joyce como, al fin, una palabra.
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La mañana empieza con este recordatorio de Pepe Monteserín publicado en La Nueva España:
Fernando Fonseca presenta en la librería Cervantes «La agonía del pez tarado», novela donde el protagonista repasa su vida en los últimos quince minutos previos a su muerte; un cuarto de hora en 275 páginas. Joyce, más conciso, narró veinticuatro horas de Bloom en 1.004 páginas. El tiempo no es implacable, puede domeñarlo la imaginación y a ésta la literatura. Bergson, inspirado en Plotino, lo estudió en «Memoria y vida». El tiempo transcurrido entre una sensación muy intensa y la interpretación que hace de ella la persona agobiada inspiró a Bierce, en «El puente sobre el río del Búho», y a Borges, en «El milagro secreto», para narrar la historia de un reo desde que el pelotón dispara, o la trampilla se abre a sus pies, hasta que la bala llega a su cabeza, o la soga al gañote. Ese tiempo minúsculo, «horas contadas», da mucho de sí en manos de un buen escritor como Fonseca.
La Nueva España, 26-5-2011
Entre los asistentes, el también escritor Javier Lasheras . Así lo vió y así lo cuenta en Endivia sana:
«Y ayer mismo me acerqué a la presentación de la última de Fernando Fonseca, La agonía del pez tarado, entrevistado por Pepe Monteserín. Fue un placer atender a las preguntas de éste y a las respuestas de aquél. Educados, inteligentes y con sentido del humor. El otro, el sentido común, ya no sé bien qué decirles. Ambos se dedican a escribir. Por sus bocas pasaron no menos de cien autores, referencias, teorías, contradicciones, epitafios, lemas, personajes… un bálsamo para estos tiempos que anuncian otros.Y me temo que no mejores...»
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Ya funciona el boca a boca...
Ver enlace en Menéame
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